lunes, 5 de diciembre de 2011

Dos.

Enciendo la luz de mi habitación. Un poco confusa. Quizá asustada. Escucho ruidos extraños. Fugaces. Soy incapaz de identificarlos. Los latidos intermitentes de mi corazón quieren sobreponerse ante ellos. Mi mente, en cambio, permanece tranquila. Relajada.
Y es que somos dos. Mi cuerpo y mi mente. Dos. Incapaces de dominar a uno. A los impulsos que ese órgano remite. Y decido abrir los ojos y escribir. Escribir fuerte y rápido. Sin apenas reacción. No quería que se me escapase nada. Las sensaciones eran más rápidas que mi mano, incluso hasta el límite de dolerme más el pecho que los dedos.
Un mal sueño lo tiene cualquiera –pensé-. Una dirección equivocada es un error que puede cometer hasta el más sabio. Pero es que todo eso me llevó directamente a mí forma de escape. Y sinceramente, justo ahí deje de comprender la existencia de esa media hora. De esos treinta minutos que estuve mirando al techo. Pensando con qué fin estaba pasando eso. Intentando darle credibilidad a todo y afirmando que la controversia en este caso, dejó de existir para mí. Que a partir de ese momento mis palabras serían silencios escritos por impulsos improvisados.
Y esa es mi historia. Una historia que me transforma en un ser dependiente a una hoja de papel. Que me hace convertirme adicta a esa confianza extrema que recorre las más insignificantes células de mi cuerpo.

.pensé que nunca sería tarde  para hablar  del comienzo de todo.
c.gonzález

4 comentarios:

  1. El presente es igual a todos los trozos de pasado que hemos ido recogiendo por el camino.
    Nunca es tarde no! :)

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Sentir, pensar y escribir. Adelante :)

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