A ver. Y el mundo se vuelve a empeñar en que seamos el resultado de nuestra edad. Esa gente que se empeña en incluirse en un mundo que no le corresponde. No ser sí mismos. Dejarse llevar por lo que la sociedad impone en cada generación. Dejarse vencer por una mayoría. Esa que para mí no vale la pena. Intentar aparentar lo que no es, por ese miedo a ser distinto. A ser de la minoría. A ser autentico. A ser tú.
Y ahora es cuando voy a hablar un poco borde. Y digo: Que coño pasa si no haces lo de todos. Qué coño pasa si haces lo que te apetece en ese momento. A mí, aún nada. Y por eso, realmente nunca entenderé como se puede renunciar a tu propia identidad. A tú personalidad. Si de algo somos dueños, es de nosotros mismos, de nuestra manera de vestir, de pensar, de actuar, de identificarnos, de hablar, de expresarnos. No sé.
Para mí tener dieciocho años, no va más allá de haber vivido más de seis mil quinientos setenta días. Para otros significa salir de fiesta. Hacer lo común, tengas ganas o no. Creerse más maduros, aunque sean infantiles sin límite. Y yo solo puedo expresar tristeza cuando veo marionetas bailando, marionetas incluyéndose en esa pelota de gente sin sentido. Sin norte. Marionetas con las ideas tan difuminadas que son incapaces de encontrase. Y yo, sinceramente, no me creo que seamos tan fácil de manejar.
c.gonzález
